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Il Nostro Cuore (Spanish ver)

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Nadie cuerdo y en su sano juicio pasearía en un circo durante la oscuridad de la noche. Especialmente... un circo tan peculiar como "Passione".

¿Quién sabe qué cosas podrían salir de las sombras? ¿Quién sabe que estaría acechando por ahí, en aquel circo con cosas tan impresionantes como dignas de una pesadilla?

Los citadinos o pueblerinos comunes solo se atrevían a acercarse durante el día, en grupo, atraídos por las fantásticas funciones que se ofrecían con una amplia variedad de actos extremos y personas peculiares que se anunciaban en los letreros colgados en el exterior de la carpa, algo digno de ver para creer.

Desde personas aparentemente normales que eran capaces de contorsionarse de mil maneras asombrando a la audiencia, hasta personas con deformidades. La advertencia dada por el cirquero en jefe era clara, aquellos demasiado sensibles no debían de acercarse. ¿Niños? Estaban permitidos, en compañía de un adulto, claro estaba. ¿Función para hombres adultos en las primeras horas de la noche? Algo explicita y exclusivamente para hombres adultos tal como su nombre lo aclaraba, pues ni los niños ni las mujeres debían de ser expuestos a actos tan escandalosos donde los asistentes podían apreciar la desnudez de un par de los miembros del circo.

Ni el más valiente se atrevería a merodear en aquel circo pasada la media noche. Incluso alguien que padeciera de sus facultades mentales lo pensaría mas de una vez antes de desistir.

No obstante, ese no era el caso de Leone Abbacchio... A pesar de que tenía ciertas características inusuales como el cabello tan claro y aquellos ojos extraños ámbar con un toque de lavanda, él lucia relativamente normal siempre y cuando no se quitase la ropa... y claro, cuando nadie sabia que llevaba a cabo un acto con cuchillos en cada función del circo, donde tenía a todos los espectadores sin aliento al ver al hombre con su vida pendiendo de un hilo, de lo más tranquilo jugando con los más afilados cuchillos.

Con la luna y las estrellas como única iluminación, al salir de la tienda que compartía con otro par de miembros del circo, Leone merodeo los alrededores. Acostumbrado a salir pasada la media noche de su tienda a tomar un respiro, no le tomo mucho tiempo a sus ojos adaptarse a la oscuridad.

Insomnio. Con todas sus letras, definitivamente. Insomnio que le tenía largas noches en vela recorriendo el circo, paseando entre las tiendas donde descansaban aquellos que conocían el circo ambulante "Passione" como su hogar, a la luz de la luna y las estrellas, escuchando el canto de los grillos escondidos entre el pasto.

Abbacchio siempre daba un par de vueltas antes de acercarse a su destino, pensando con claridad, planeando con antelación lo que haría.

Primero fue durante los fines de semana. Viernes, sábados, envalentonado por el alcohol. Luego empezó a ser entre semana luego de haber probado un par de gotas de licor para dormir, cosa que no hacía, por supuesto, y ahora casi todas las noches se encontraba dirigiéndose a donde mismo.

Luego de un par de vueltas, sus pies parecieron moverse por cuenta propia para llevarle a su destino. Pronto tuvo ante sus ojos las telas color vino que conformaban una tienda bastante pomposa en el exterior. Un lugar privado...

Buccellati... - murmuro el hombre de cabellos platinados.

Abbacchio agudizo su oído lo mejor posible para ver si escuchaba algo que le indicaba que había sido escuchado.

Buccellati... - volvió a murmurar el de ojos ámbar, saboreando cada dulce letra que conformaba ese hermoso nombre.

La voz grave pero suavizada como el terciopelo...

Leone fue capaz de oír un par de murmullos tras su segundo llamado, sabanas deslizándose y un sonido metálico. Casi podría jurar que escucho una risita encantadora proveniente de los labios de Bruno que hizo su corazón vibrar acelerado.

Y tras un par de segundos, fue ahí, en el umbral de la tienda, donde Abbacchio pudo observar cómo aparecía la razón de sus desvelos. O mas bien, las razones de sus desvelos.

Sosteniendo una lampara de aceite, Bruno Buccellati emergió de la tienda, apartando las lujosas telas color vino que se deslizaron para revelar la mitad de su cuerpo... cubierto únicamente con un holgado camisón de algodón color blanco.

Abbacchio perdió el aliento en ese instante. El hermoso hombro derecho de Buccellati expuesto, su rostro precioso, la preciosa pierna derecha asomándose coquetamente.

Bruno entrecerró sus preciosos ojos azules unos momentos, tratando de acostumbrarse a la oscuridad del exterior antes de estirar su brazo, sosteniendo frente a su cuerpo la lampara de aceite. Leone dio un paso al frente, acercándose para que el hermoso pelinegro pudiese mirarlo.

Y apenas distinguió la silueta de Abbacchio emerger de las sombras, los preciosos labios de Bruno se estiraron en una sonrisa, la misma sonrisa que había mostrado segundos antes al escuchar a Leone murmurando su nombre con esa grave voz de terciopelo.

Abbacchio – saludo en voz baja el hermoso pelinegro. Bruno estiro un poco su brazo para iluminarles mejor con la lampara de aceite, Leone se acerco a él, con las manos ocultas tras su espalda.

¿Abbacchio? – y contrario al sutil tono de Bruno, la segunda voz que se escucho estuvo cargada de desagrado y molestia. – ¿Qué demonios estas haciendo aquí de nuevo?

Las suaves telas que conformaban la entrada a aquella lujosa tienda, de llamativo color vino, terminaron de ser apartadas por otro brazo, uno izquierdo.

El brazo izquierdo de los pelinegros.

Bruce Buccellati emergió también de aquella tienda, terminando por revelar el cuerpo de los Buccellati.

Gemelos.

Siameses.

Vestidos únicamente con un holgado camisón de algodón. La suave tela blanca se deslizaba por el cuerpo de Bruno y Bruce, dejando al aire los hombros de los gemelos, así como la unión entre los hombros de ambos, suave piel oliva uniéndoles expuesta, un par de hombros que habían venido al mundo juntos, pegados.

Al ver a los Buccellati usando únicamente un camisón de algodón, y a pesar de que no había sido la única ocasión en la que los veía así, el corazón de Abbacchio latió acelerado. Leone sintió sus mejillas tremendamente calientes, la mirada ámbar con un toque de lavanda del albino se poso en toda la hermosa piel que dejaba a la vista el camisón que los gemelos usaban. Hermoso, precioso, curvas de hombros sobre los cuales se alzaban un par de delgados cuellos divinos, los rostros de los gemelos siameses enmarcados por lindos cabellos negros, la verdadera expresión viviente de un ángel en el mundo terrenal.

Verdaderamente, debería estar prohibido que cualquiera capaz de pagar un boleto para la función de circo observara a Bruno y Bruce Buccellati. La gran mayoría, por no decir prácticamente toda la humanidad, era indigna de ver a los hermosos ángeles.

Y por supuesto que Bruce Buccellati y Bruno Buccellati notaron la mirada intensa de Leone Abbacchio.

Los labios de Bruno volvieron a estirarse en una sonrisa, esta vez, una sonrisa bastante coqueta. El pelinegro agito sus largas y espesas pestañas negras de forma tremendamente encantadora, dejando totalmente desarmado y aun mas atontado a Leone, si es que eso era posible.

No obstante, la reacción de Bruce fue diferente. El pelinegro frunció el ceño y al instante uso su mano para cubrirlos mejor a ambos, subiendo el camisón de algodón para que les tapase mejor los hombros tanto a él como a su hermano gemelo Bruno. Y al instante, luego de haberse cubierto él y a su gemelo de mejor manera, Bruce llevo su mano a la unión de los hombros de ambos, pues ese lugar aun quedaba algo expuesto.

Claro que a pesar de todo, la mirada de Abbacchio no cambio. El hombre de los cuchillos continuaba observándoles y claramente estaba devolviéndole la mirada coqueta a Bruno. Bruce se sintió hastiado al instante.

No eres bienvenido aquí, pervertido – gruño Bruce. El pelinegro movió su pie hacia atrás con la intención de alejarse, sin embargo, Bruno no se movió ni un centímetro de su lugar.

Bruce estaba harto de que Abbacchio irrumpiera en su tienda a mitad de la noche para ver a su gemelo Bruno, siendo cada vez mas constante. Era un pervertido, degenerado. Leone estaba consciente de que ellos estarían usando solo un camisón, y aun así se atrevía a acercarse demasiado.

Estaba absoluta y verdaderamente harto de todo. Harto de los acercamientos de Leone en los que se mantenía conversando con Bruno demasiado tiempo, harto de los regalos comestibles que entregaba a Bruno que terminarían por engordarlos a ambos, harto de que al conversar con Bruno, Leone colocase su mano en la cintura de ambos. ¿A caso ese estúpido sabia que al poner la mano derecha en la parte izquierda de la cintura del cuerpo que compartían, la mayor parte de la sensibilidad del tacto iba hacia Bruce?

Pero por supuesto que Abbacchio estaba demasiado entretenido mirandolos, maravillando con el par de bellezas de preciosos cabellos oscuros y hermosos ojos azules ante él. Uno con expresión de aceptación en su precioso rostro, el otro con un evidente rechazo marcado en su hermoso rostro, la tenue luz de la lampara de aceite iluminando la silueta de los siameses de forma divina.

Leone sabia que Bruce estaba a punto de insistirle a Bruno para que ambos regresaran al interior de la tienda. El de ojos ámbar no quería que Bruce levantara la voz y terminase por despertar a los demás. De hecho, siempre se marchaba antes de que Bruce tomase medidas drásticas que pudiesen alarmar a los demás miembros del circo. Si bien la tienda de los siameses estaba alejada de las demás tiendas comunes que compartían hombres y mujeres, la tienda de Trish estaba junto a la de ellos. La señorita Trish Una podría ser despertada por los severos regaños de Bruce. Los demás miembros del circo podrían ser eventualmente alarmados si Bruce alzaba demasiado la voz, pues en medio de un campo donde el único ruido era el de los grillos, una voz alzándose poco a poco recorrería el lugar. Y claramente, ninguno de los presentes deseaba aquello.

Así que, con todo el dolor de su corazón al no poder permanecer mas tiempo ahí, Leone se apresuro a justificarse y tratar de calmar a Bruce aunque fuera unos segundos antes de poder marcharse.

Solo necesitaba un poco de tiempo. Solo un poco, para hablar con Bruno, a pesar de que en todo momento tuviese sobre él la mirada hastiada de Bruce. Y únicamente de esa forma podría regresar tranquilo a su tienda entre las sombras de la noche, y dormiría tranquilo, listo para soñar dulcemente.

Solo vine a dejar un regalo – explico Abbacchio, dando un paso al frente antes de que Bruce obligara a Bruno a regresar dentro de la tienda.

Los ojos de Bruno se abrieron sorprendidos. Bruce alzo una ceja... ¿De verdad, Abbacchio se aparecería siempre a mitad de la noche para darle regalos a Bruno, y su gemelo siempre se mostraría sorprendido y curioso al respecto?

¡Por supuesto! – gruño Bruce, aun con su mano cubriendo la unión entre los hombros de él y su hermano, rodando los ojos. Desde siempre, desconfiaba de Abbacchio y le parecía agotador que Bruno permitiera que el albino se acercase a ellos.

Bruce – esta vez, quien reprendió fue Bruno, mirando unos momentos de reojo a su gemelo siamés.

En respuesta, Bruce resoplo y aparto la mirada.

La expresión de Leone seguía siendo tranquila, aunque por dentro estuviese tremendamente enternecido al ver a los gemelos discutir de esa manera, eran tan dulces... Si tan solo Bruce fuese menos enojón...

El albino reacciono en cuanto tuvo la mirada de Bruno Buccellati sobre el nuevamente, indicándole que continuase con lo que sea que iba a hacer.

Abbacchio por supuesto que no haría esperar mas a Buccellati. El de cabellos platinados movió hacia el frente su mano izquierda, revelando algo que estuvo ocultando tras su espalda hasta ese momento.

Leone sostenía con su mano izquierda un precioso ramo de hortensias azules, las cuales fueron iluminadas con la tenue luz de la lampara de aceite. Bruno sonrió, enternecido al observar aquel bello obsequio ser ofrecido por el albino. El pelinegro no tuvo que mantener comunicación verbal con su gemelo para pedirle que sostuviera la lampara por él. Simplemente, Bruno le entrego la lampara de aceite a Bruce, quien la sostuvo aun con la mirada desviada para que Bruno pudiese recibir el obsequio de Leone.

Son hermosas... Gracias - murmuro Bruno, su corazón latiendo de pura emoción y un sentimiento indescriptible que no podía nombrar adecuadamente.

No obstante, al sostener el ramo de hortensias y acercarlo a su rostro para poder percibir mejor el dulce aroma floral, Bruno noto un detalle demasiado especial.

Las hortensias no eran la única flor en aquel ramo...

Entre las llamativas y preciosas hortensias se habían colocado más flores. Flores diminutas de tallo delgado que ascendía antes de dividirse en dos. Del tallo central nacían un par de tallos secundarios que remataban en dos flores, de pétalos pequeños color blanco, algunos con suave tono rosado claro. Preciosas, delicadas y sublimes...

Flores gemelas...

A este punto, y al percibir la evidente sorpresa y emoción de Bruno, Bruce también había dirigido su mirada hacia el ramo de flores. Ambos miraron sorprendidos las pequeñas florecillas que se asomaban entre las hortensias...

Linnaea borealis... - murmuraron al unísono los gemelos mirando aquellas pequeñas y preciosas flores, sus voces perfectamente sincronizadas, suaves, tonos varoniles pero bastante suaves, idénticos.

Si... – respondió Leone, con su corazón latiendo de agradable alegría al ver que en ese momento Bruno miraba embelesado las pequeñas florecillas, e incluso Bruce pareció olvidarse de todo para admirar el ramo de flores.

Con los ojos entrecerrados y sintiendo sus mejillas calentarse, Bruno dejo escapar una risa que derritió el corazón de Leone. El albino separo sutilmente sus labios maquillados de violeta para emitir un suave jadeo de sorpresa mientras sus mejillas se calentaban aun más.

¿No son hermosas, Bruce? – pregunto Bruno a su gemelo. El pelinegro miro a Bruce con una sonrisa divertida, observando unos momentos la expresión aun sorprendida que prevalecía en el rostro de su gemelo antes de volver a mirar al albino ante ellos.

Uh... si – murmuro en respuesta Bruce, volviendo a desviar su mirada. Bruce se sintió algo incomodo al percibir el enorme deseo que tenia Bruno de acercarse a Leone lo suficiente como para besarle la mejilla.

Dia y noche, en especial en las noches, le estaban pareciendo cada vez mas problemáticos los deseos de Bruno respecto a Leone. Su gemelo poco a poco se había ido convirtiendo en un pervertido y en ocasiones Bruce se sentía avergonzado cuando Bruno se ponía a hablar de lo hermosos que eran los musculosos brazos de Abbacchio y la forma en que se marcaban las venas en estos, o incluso la curiosidad que sentía de mirarlo sin ropa, lo encantadora que era la grave voz varonil, el rostro masculino con maquillaje tan atractivo e incluso la manera en la que se marcaba la manzana en el grueso cuello del albino.

Definitivamente, a este punto Bruce no podía negar lo guapo que era Leone... Pero no confiaba en ese pervertido en lo más mínimo, que cada vez insistía más en acercarse a Bruno. ¿Quien sabe que intenciones tenia ese hombre?

En lo que respecta a él, Bruce pensaba que Bruno estaba bajando demasiado la guardia con Leone Abbacchio. Y eso era inaceptable, pues ellos debían de tener extrema precaución. Era algo que su padre les había enseñado, y que la vida les había reafirmado a la fuerza...

Al haber nacido de aquella manera, ellos debían de cuidarse de todo y de todos.

No obstante, los pensamientos de Bruce se vieron interrumpidos en cuanto le sorprendió un latido demasiado fuerte proveniente del corazón de su hermano gemelo.

Mientras Bruce miraba atontado las flores, Leone había dado otro paso al frente para acercarse a ellos. Se encontraba demasiado cerca, muy cerca, el aroma varonil de Abbacchio empezaba a mezclarse con el dulzor de las flores.

Y antes de que pudiese decir algo o retroceder, Leone había sacado algo de su bolsillo derecho. Abbacchio sostenía una pequeña caja de terciopelo que abrió ante la mirada de los gemelos.

Dentro había un par de broches dorados de aspecto demasiado costoso. Dichos broches tenían la peculiar forma de un zipper, demasiado llamativos... pero lo que resulto mas llamativo, fue que ambos tenían en el centro una pequeña piedra brillante... de diferentes colores. Uno tenia una piedra azul, el otro tenia una piedra celeste.

Eran... eran broches para camisa, demasiado preciosos. ¿Pero por que Leone le había obsequiado a Bruno dos broches prácticamente iguales, pero con diferente color de piedra? ¿Si le iba a dar dos broches en primer lugar, no hubiese sido mejor que fuesen diferentes? Bruce no le encontró sentido a aquello.

Los gemelos observaban sorprendidos aquel regalo, el reluciente dorado brillando bajo la luz de la lampara de aceite. Bruno se había quedado sin palabras.

Fue cuestión de segundos para que Bruce notara que Leone estaba mirándolos a ambos... El albino alternaba su mirada entre Bruno y Bruce, observando las expresiones de ambos.

¿Por qué...?

¿Les gustan? – pregunto Abbacchio suavemente, y al pronunciar aquellas palabras, sus ojos se encontraron unos momentos con los de Bruce.

"¿Les gustan?"

¿Qué si les gustaban, a ambos? ¿No solo a Bruno?

Bruno soltó una suave risa que incluso dejo atontado a Bruce. El pelinegro inclino sutilmente su cabeza lo suficiente como para rozar la cabeza de Bruce, un movimiento suave, una especie de caricia que solían compartir ambos cuando no resultaba suficiente rodearse con los brazos.

Nos gustan mucho – respondió Bruno en nombre de él y su gemelo, sosteniendo el ramo de flores cerca de su pecho.

De alguna forma, Leone sintió un tremendo alivio cuando su obsequio recibió la aprobación de Bruno. Abbacchio lo miro a los ojos y ambos sonrieron. Por su parte, Bruce seguía atontado. ¿Qué rayos acababa de pasar?

Estoy seguro de que se verán bien con sus camisas de seda... - dijo el de ojos ámbar. Abbacchio cerro la pequeña caja de terciopelo y debido a que los gemelos tenían las manos ocupadas, se atrevió a acercar su mano al cuerpo de los siameses para introducir la cajita dentro del bolsillo delantero del camisón de algodón que estaban usando los gemelos.

Los dedos del albino rozaron suavemente el cuerpo de los siameses. Bruno y Bruce contuvieron un jadeo. Un cosquilleo agradable e indescriptible recorrió sus pieles con apenas ese roce tan suave e inevitable.

Y por supuesto que Abbacchio se sintió de la misma manera al rozar sutilmente la cintura de Bruno y Bruce por encima de la suave tela de algodón aunque fuese únicamente durante unos segundos.

El silencio que le siguió a aquello era únicamente roto por el suave viento y el cantar de los grillos. Abbacchio tenia la impresión de que los Buccellati en ese momento eran capaces de oír el acelerado latido de su corazón.

Lamento haberlos mantenido demasiado tiempo despiertos a esta hora... - murmuro finalmente Leone, disculpándose.

Si fuera por él, se quedaría el resto de la noche ahí. Pero no quería privar del sueño a los pelinegros. Ya era bastante malo despertarlos siempre en la madrugada con sus visitas nocturnas.

Gracias por los obsequios, Abbacchio – respondió Bruno, sosteniendo contra su pecho el precioso ramo de hortensias y linnaea borealis.

En respuesta, inusual, pero algo que acostumbraba demostrar ante los gemelos, Leone sonrió de forma sutil. Ahora que los había visto y había entregado aquellos obsequios, finalmente podría dormir con cierta tranquilidad.

No obstante, repentinamente Bruno termino por eliminar la distancia entre ambos y se puso de puntitas para besar la mejilla de Leone.

Aquel arrebato sorprendió demasiado a Bruce, quien no fue completamente consciente de que se movió según los deseos de Bruno hasta que encontró su propio rostro demasiado cerca de Abbacchio. Mientras Bruno besaba ruidosamente la mejilla del albino, Bruce cerro sus ojos con fuerza, con las mejillas enrojecidas.

Un jadeo de sorpresa escapo de los labios de Abbacchio, las manos del albino se posaron al instante de manera inconsciente en la cintura de los siameses mientras disfrutaba del suave contacto de los labios de Bruno sobre su mejilla. Un escalofrío recorrió el cuerpo de los gemelos. Un placentero escalofrió que viajo desde la cintura de ambos y se extendió por sus pieles, haciendo que Bruno suspirara y que Bruce reprimiera un suave gemido, mientras el cuerpo de ambos temblaba de manera sutil.

Abbacchio hasta se sintió decepcionado en el momento en el que los suaves labios de Bruno dejaron de estar pegados a su mejilla. No quería soltarle, pero tampoco podía quedarse sosteniendo aquel delgado cuerpo de aquella manera tan comprometedora. Hizo falta de mucha fuerza mental de su parte para convencer a sus propias extremidades de dejar de sostener la cintura de los siameses. Los brazos de Abbacchio volvieron a caer a los costados de su cuerpo a pesar de que en ese momento anhelaba con todo el alma abrazarles, pegar sus cuerpos, cargarlos y entrar a su tienda para... para...

Buenas noches, Abbacchio – murmuro Bruno, mirándole con una sonrisa y sus preciosas mejillas teñidas de un suave color rosado, mientras la luz de la lampara de aceite iluminaba bellamente su rostro y silueta.

El impulso de pedirle que se quedara era enorme. "No, no!" gritaba Bruce en su mente, apenas percibió los deseos de Bruno. Bruce estaba demasiado alterado, las mejillas del pelinegro se encontraban tremendamente enrojecidas.

Buenas noches Bruno, Bruce – murmuro Leone. Con ambas manos libres, el albino se atrevió a colocarlas sobre los cabellos de los siameses con la mayor delicadeza posible, peinando a la par los flequillos de ambos hacia atrás para dejar expuestas sus bonitas frentes. Primero beso la frente de Bruno, después la frente de Bruce. Fueron besos pequeños y fugaces que dejaron un par de marcas de lápiz labial violeta sobre sus pieles.

Besos pequeños y fugaces que hicieron a Bruno reír sutilmente, y a Bruce sonrojarse aun mas si es que eso era posible. ¿¡Como se atrevía Leone Abbacchio a... a... posar esos gruesos labios tan suaves sobre su frente!?

Encantado, Bruno agito sus pestañas hermosamente mientras Leone se disponía a regresar a su tienda.

Como anhelaba tomarlo de la camisa y tirar de el para meterlo a su tienda. Bruno no quería que Leone se marchara, aunque sabia que simplemente estaría a varios metros de ellos dentro de otra tienda... Lo vería en un par de horas, por supuesto, pero de todas formas... lo deseaba cerca mas tiempo, mucho mas, y mas cerca, mucho mas.

B-buenas noches – balbuceo Bruce, aun sin asimilar todo lo que había ocurrido. Contrario a Bruno, él quería correr dentro de su tienda y acurrucarse lo mas pronto posible, por alguna razón se encontraba demasiado avergonzado.

Abbacchio lentamente comento a retroceder y alzo su mano despidiéndose por aquella noche. Inconscientemente, Bruce estiro sutilmente el brazo para continuar mirándolo junto a Bruno, pero conforme mas se alejaba, Leone iba perdiéndose en las sombras de la noche, su cabello claro y la pálida piel fundiéndose con la oscuridad lentamente.

El deseo de tomarlo y tirar de él antes de que desapareciera en la oscuridad de la noche fue de ambos. Bruno y Bruce suspiraron a la par. Y se quedaron ahí de pie, hasta que dejaron de escuchar los pasos de Abbacchio sobre el pasto, hasta que pudieron distinguir a la lejanía el sonido de gruesas telas siendo deslizadas, indicándoles que Abbacchio había entrado a su tienda.

Ambos miraron la negrura de la noche unos momentos, alzando sus rostros al cielo para observar unos momentos la luna y las estrellas, los únicos testigos de lo que acababa de ocurrir.

El cabello de Abbacchio... es del color de la luna y las estrellas – murmuro Bruno repentinamente. Los corazones de los gemelos latieron en sincronía, las mejillas de Bruce no habían perdido su tono carmín aún, las mejillas de Bruno continuaban coloreadas de suave tono rosado.

Si... - murmuro Bruce, observando el cielo estrellado.

Los gemelos regresaron lentamente al interior de su tienda, sin saber que Leone los observaba desde la entrada de su propia tienda, sosteniendo con su brazo derecho la pesada tela que cubría la entrada. Totalmente embelesado al observar a la lejanía de un par de metros la silueta de los gemelos siameses iluminada por la lampara de aceite, admirando cada detalle a su alcance, esa hermosa silueta cubierta únicamente por un camisón de algodón blanco, la piel oliva expuesta brillando bajo la luz de la lampara, los hermosos rostros enmarcados por lindos cabellos tan negros como las sombras de la noche y por supuesto, los dos pares de ojos azules como el mar, brillantes y prístinos.

Cuando los vio volver al interior de su tienda, se quedo de pie unos momentos antes de retirar su brazo para que la tela se deslizara. Su pequeño colchón era el mas cercano a la entrada. Leone se deshizo de su ropa y se recostó en ropa interior entre sus sabanas. Finalmente podría dormir, ansiando el día siguiente para volver a ver a los gemelos.

Pero por ahora, era momento de soñar con Bruno, de soñar con Bruce.

Leone Abbacchio estaba profundamente e irremediablemente enamorado...

 

 

 

 

Vean estas bellezas! Bruno y Bruce Buccellati. 
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